Pensar en narrar es, de alguna manera, pensar en la mismísima realidad. Y esta relación entre narración y realidad se hace todavía más evidente cuando nos acercamos al problema de proponer una taxonomía de las narraciones. ¿Es esta historia una ficción? Y, en caso de que no lo sea, ¿cómo le llamamos a eso otro que no es ficción? Por ejemplo, ¿es La tragedia de Julio Cesar, la obra de Shakespeare, una ficción? Y en caso de no serlo, ¿cómo podríamos catalogarla? ¿Y qué haríamos con Los comentarios sobre la guerra de Las Galias, escrito por Julio César?
Como toda historia, debe comenzar por algún lado. Propongo entonces, como primera parada en este viaje, una pregunta previa:
1. ¿Qué es narrar?
Para esto es preciso un diccionario y algo de etimología. Según la Real Academia Española, “narrar” es:
(Del lat. narrāre)
1. tr. Contar, referir lo sucedido, o un hecho o una historia ficticios [1]
Para simplificar, vamos a quedarnos con la definición de “Referir lo sucedido o contar un hecho ficticio”[2]. Por lo tanto, la acción es la de “referir” y el objeto es “lo sucedido” o “un hecho ficticio”. A su vez, “lo sucedido” es la definición misma de “hecho”. Por lo tanto, podemos proponer que “Narrar” es referir un hecho. Y llegamos al resultado de que lo que puede o no ser ficticio es el hecho referido -volveremos sobre esta idea.
Ahora bien, detengámonos en la acción de “Referir”:
(Del lat. referre.)
1. tr. Dar a conocer, de palabra o por escrito, un hecho verdadero o ficticio.
2. tr. Dirigir, encaminar u ordenar algo a cierto y determinado fin u objeto.
3. tr. Poner algo en relación con otra cosa o con una persona. [3]
Si dejamos de lado las acepciones específicas de la lingüística, aquellas en desuso o las pronominales, nos encontramos con que “Referir” significa señalar, relacionar a través del uso del lenguaje. Y, todavía más, si vamos a su etimología latina, “refero” (re-: volver, fero: llevar) significa “volver a traer” o “traer desde el pasado”.
“Narrar” entonces es la acción de poner en marcha el lenguaje con el fin de referir un hecho. Hasta aquí, la acción de narrar nada nos dice sobre las características de lo narrado, más allá de que es un hecho y es un producto de la puesta en marcha del lenguaje.
a. Último desvío lingüístico
Antes de seguir con los hechos narrados, nos detendremos en un aspecto lingüístico más: la noción de signo y su relación con el acto de “referir”.
Para poder aseverar con mayor certeza que el acto de narrar, la puesta en marcha del lenguaje para referir un hecho, ocurre de igual manera y sin distinción independientemente de que el hecho referido sea o no ficticio, es necesario detenerse en uno de los principios constitutivos del signo lingüístico: la arbitrariedad.
Ferdinand de Saussure, en su Curso de lingüística general, propone que el signo está compuesto por la relación entre un concepto (significado) y una huella mnémica, una imagen acústica (significante). La relación entre significante y significado es arbitraria, es decir, y en palabras de Saussure:
“la idea de ‘sur’ no está ligada por relación alguna interior con la secuencia de sonidos s-u-r que le sirve de significante; podría estar representada tan perfectamente por cualquier otra secuencia de sonidos. Sirvan de prueba las diferencias entre las lenguas y la existencia misma de lenguas diferentes: el significado ‘buey’ tiene por significante bwéi a un lado de la frontera franco-española y böf (boeuf) al otro, y al otro lado de la frontera francogermana es oks (Ochs).” [4]
A su vez, y para aclarar a lo que se refiere con “arbitrario”, agrega:
“No debe dar idea de que el significante depende de la libre elección del hablante (ya veremos luego que no está en manos del individuo el cambiar nada en un signo una vez establecido por un grupo lingüístico); queremos decir que es inmotivado, es decir, arbitrario con relación al significado, con el cual no guarda en la realidad ningún lazo natural.”[5]
La idea de que la relación entre los signos lingüísticos (los “elementos materiales del lenguaje”, por llamarlos de alguna manera) mantienen una relación arbitraria con los hechos a los que refieren complejiza aún más la relación entre la narración y los hechos. Esta relación difusa, cultural y compleja es otro de los aspectos problemáticos en torno a la definición de “lo verdadero”, y, por lo tanto, su posterior diferenciación de aquello “ficticio”.
2. ¿Cuándo un hecho es ficticio?
Para empezar, podríamos decir que lo ficticio es una cualidad de los hechos. Por lo tanto, existen los hechos ficticios y aquellos que no lo son. Pero otro breve paseo por la etimología nos enfrenta a otra cara del mismo problema: “ficción” proviene de “fictio” (ficción, creación) y, a su vez, “fictio” es un sustantivo derivado del verbo “fingo” (dar forma, modelar, hacer)[6]. Una ficción es, en su definición histórica, el producto de hacer: un hecho.
Primer callejón sin salida.
Volvemos a que ambos hechos, tanto el de ficción como el que no, son productos de la misma acción: narrar.
A veces, la sabiduría está en las frases populares: si tiene cuatro patas, bigotes, una cola y parece un gato…
a. El ojo que intenta verse mirar
La diferencia entre lo ficcional y lo que no es ficticio puede tratar de verse desde otra perspectiva al observar la relación entre lo perteneciente al terreno del entretenimiento y lo perteneciente al terreno de la Historia. Si bien podríamos considerar la historia como otra forma de narrativa, podríamos tratar de diferenciar las narrativas por su función dentro de una sociedad. Ya que nada existe en el vacío, pensar los efectos y funciones de las narraciones puede darnos algunos indicios respecto de cómo diferenciarlas, pero su materia, los elementos que las componen en tanto existentes, no son diferentes.
Volvemos al problema de que nuestra herramienta de análisis y nuestro objeto están compuestos por la misma cosa. Uno de los primeros problemas de la lingüística surge de la necesidad de aceptar que el objeto de estudio y la herramienta de análisis se solapan, están fundidos en una misma aleación.
3. ¿Cómo llamar aquello otro que no es ficción?
De forma intuitiva, podríamos catalogar a La tragedia de Julio César como una ficción y al Comentario de la guerra de las Galias como no-ficción. Quizás, hasta así estén guardados en las librerías y bibliotecas. Ahora, si como pretendían los académicos de la literatura rusos de principios de siglo XX, quisiéramos encontrar en los textos, dentro de cada narración, detalles que nos permitan diferencias las obras, nos enfrentaríamos con alguno de los problemas enunciados más arriba.
El término “ficción”, en el sentido común, se relaciona a la fabulación, a aquello que no es parte de la realidad. Ahora, sin entrar en los tantos abordajes teóricos sobre el tema, el término opuesto a “ficción” no es “realidad”. Esto se debe a que, como exploramos brevemente y al pasar, la “realidad” es una construcción social, constituida por años de tradición y sedimentación, de lucha de clases y pujas de poder. Esta construcción, ligada al concepto mismo de cultura, está íntimamente relacionada con el lenguaje. La “realidad” de Julio César, quien narra el resultado de sus campañas de guerra desde el lado de los vencedores y desde la posición aventajada de ser un alto mando del ejército será extremadamente diferente a la realidad retratada por los galos o por los mismos soldados romanos que estaban en la primera línea de combate. Aún, refiriéndose a los mismos hechos concretos.
Shakespeare, al imaginar las maquinaciones de Bruto frente a la idea de asesinar a Julio César, debe haberse acercado tanto al hecho histórico cuando escribió la frase “Et tu, ¿Brute?” como se habrá acercado el mismo César al escribir: “Veni, vidi, vici” en sus Comentarios de la guerra de las Galias.
La idea de no-ficción, poco clara por naturaleza, es la forma que usamos para nombrar aquello que, por intuición cultural, disociamos de lo ficticio, aunque no podamos poner un dedo sobre el elemento exacto que separa ambos términos.
[1] https://dle.rae.es/narrar
[2] Si continuamos por este camino de disección, “Contar” es “referir un suceso verdadero o fabuloso” y, en la definición de narrar, “hecho ficticio” e “historia ficticia” ocupan un lugar de equivalencia, por lo tanto, podemos elegir cualquiera.
[3] https://dle.rae.es/referir
[4] Saussure, F. Curso de lingüística general. Pag. 88 https://www.textosenlinea.com.ar/academicos/Curso%20de%20Linguistica%20General.pdf
[5] Idem. Pag. 89
[6] Definiciones tomadas del diccionario Vox latín español. https://www.mercaba.org/SANLUIS/IDIOMAS/Lat%C3%ADn/Lat%C3%ADn%20-%20espa%C3%B1ol%20(vox).pdf