El tedio es una máquina,
su combustible cualquiera lo puede pagar.
Cristobal Briceño
I
La pregunta sobre los efectos de la Convergencia en nuestra sociedad parece seguir mostrando nuevas aristas. Y este texto es producto del ejercicio de sostener el cuestionamiento cambiando el campo de aplicación.
Hasta aquí, mi preocupación ha sido casi estrictamente el acto de la narración. En particular, cómo la Convergencia opera sobre los elementos, procesos y modos de producción de narrativas. Siempre, desde la perspectiva de quien busca, como meta final, elaborar herramientas para producir narrativas. Dicho de otro modo: para escribir.
Ahora bien, dado que “narrar es narrar, no importa cuándo”, vale volver la mirada hacia las espaldas –si se me permite la metáfora– y poner el ojo en otro de los “semiplanos” del “Campo MCP”. Para Sergio Romero, el Campo MCP está conformado por Mundos narrativos, Comunidades y Plataformas. Si bien en otros textos como “Apuntes prácticos sobre el modo de producción transmedia” se aborda la relación entre estos tres semiplanos, trabajé con mayor ahínco en el semiplano del Mundo. Por ello, hoy quisiera dedicarle un momento a la intersección Mundo/Plataforma.
En el proceso de la puesta en acto de las narrativas, hemos establecido un proceso lógico que comprende un momento “del mundo”, agnóstico de plataformas; un momento de la “instanciación medial” y, finalmente, un momento “de la lectura”. Es ese momento de la instanciación medial, el proceso por el cuál una serie de elementos agnósticos se plasman en una instancia medial concreta, en el que voy a detenerme.
II
En uno de los textos fundacionales, Henry Jenkins, a principios del siglo XXI, nos dejó una de las frases más citadas sobre la Convergencia:
Bienvenidos a la cultura de la convergencia, donde chocan los viejos y los nuevos medios, donde los medios populares se entrecruzan con los corporativos, donde el poder del productor y el consumidor mediáticos interaccionan de maneras impredecibles.
En ella, Jenkins deja entender lo que podríamos denominar una doxa, en el sentido barthesiano: la asociación de “los nuevos medios”, los medios digitales, con lo no-corporativo. Si bien no está dicho literalmente, la confusión pareciera haberse cristalizado.
Dado que la categorización es binaria, y por un juego lógico, podemos establecer las siguientes relaciones a partir del enunciado de Jenkins: Del lado de lo “Corporativo” podemos ubicar a los “Productores” y a los “Viejos Medios”; por consiguiente, del lado de lo “Popular” podemos ubicar los “Nuevos Medios” y a los “Consumidores”. Si bien falaz, esta lógica opera todavía hoy, principalmente en los discursos que rodean a las Redes Sociales.
Podemos caracterizar a la frase de Jenkins como producto de una idealización de la tecnología, el internet y “los nuevos medios”, que, en gran parte, está enraizada en algunos movimientos del internet temprano: la ética hacker, el software libre, la democratización del conocimiento y los medios de producción y publicación, etcétera. Incluso, podemos leer su entusiasmo cuando trata de caracterizar el cambio en las relaciones entre Productor/Consumidor:
Más que hablar de productores y consumidores mediáticos como si desempeñasen roles separados, podríamos verlos hoy como participantes que interaccionan conforme a un nuevo conjunto de reglas que ninguno de nosotros comprende del todo.
Hoy, casi veinte años después, deberíamos comprender mejor este conjunto de reglas. O, al menos, deberíamos tener una mejor perspectiva sobre cuáles fueron sus efectos en la sociedad durante todo este tiempo.
Demás está la genealogía, pero desde la masificación de los smartphones y el uso generalizado de las redes sociales y las plataformas de entretenimiento online, lo que el común denominador de la gente llama Internet es, indiscutiblemente, parte de “lo Corporativo”. Sin ser exhaustivo, la lista de los diez sitios más visitados hasta diciembre de 2025, según Wikipedia, es: Google Search, YouTube, Facebook, Instagram, ChatGPT, X, Reddit, Wikipedia, WhatsApp, Microsoft Bing. Y, si repasamos rápidamente nuestra relación con lo digital en general, siempre está mediado por tecnologías privadas.
III
Sigo pensando que la importancia de la pregunta por la instanciación medial de un Mundo sigue siendo una característica singular de nuestro tiempo. No es que antes de la Convergencia no pudiera hacerse. Simplemente, carecía de sentido práctico. Cervantes podría haberse preguntado, y seguro lo hizo, sobre la instanciación medial del Quijote. Pero sus opciones no cambiaban drásticamente su modo de producción[1]. El Quijote podría haber sido una colección de cuentos, una obra de teatro, un poema épico, una anécdota en una fiesta, una serie de pinturas o una novela. Hoy, las opciones de formato particular en el que un Mundo puede instanciarse son casi infinitas. Pero no por ello dejamos de estar condicionados a la hora de producir. Aquí es donde quiero marcar el desplazamiento que Jenkins reconoce, pero atribuye a la doxa de la democratización de los nuevos medios.
Repito la idea: El mundo digital actual es privado.
Cuando se habla de la “democratización de los medios de producción y publicación” o, de forma más coloquial, de que la línea que separaba a los “Productores” de los “Consumidores” ya no existe, no significa que el poder se haya desplazado de “las Corporaciones” a los “Consumidores”, para seguir con las categorías que marcó Jenkins en la cita previa. Significa que esa disparidad de poder se movió. Y, opino, se profundizó.
La doxa de la democratización tiene como centro, hoy, a las Redes Sociales. Estas plataformas vinieron a desplazar a los viejos medios y sus lógicas verticales para instalar lógicas horizontales donde todos podemos tener una voz y participar de la conversación. Ahora bien, no todos podemos diseñar, programar y sostener una Red Social (o cualquiera sea la plataforma).
Vale recordar que todo software tiene un límite tangible: solo puede hacerse lo que está contemplado dentro del programa, a menos que se programe otra instancia que sí lo permita o se hackee. Si en un videojuego no está programada la acción de saltar, por más que lo deseemos con todo furor, no podremos saltar. Voy a otro ejemplo: si un usuario quiere subir su película a Netflix como si fuera un video de YouTube, no puede.
Volviendo a Jenkins, es cierto que hoy cualquiera puede operar como consumidor y como productor. Pero la jerarquía no desapareció. Se desplazó. Y sigue existiendo una jerarquía muy clara: quien tiene agencia sobre la plataforma digital (quien hace las reglas de juego) y quien juega dentro de las plataformas (quien sigue las reglas, incluso sin verlas como tales).
La línea que antaño dividía a Productores y Consumidores se desplaza y genera la mutación que Jenkins llama “Prosumidor”. Podemos entender al nacimiento de esta nueva categoría como una toma de poder de los Consumidores para dejar de ser pasivos y pasar a ser coproductores de las narrativas. Así también, podemos leerla como una pérdida de agencia y poder por parte de los Productores. Si bien creo que los dos movimientos ocurren en paralelo, voy a enfocarme en lo segundo, y espero poder articular el por qué a continuación.
IV
Los dueños de los medios de producción siempre han tenido una relación dispar con los demás. En un mundo pre-convergencia, los Productores, si bien no eran los dueños, de alguna manera, operaban como delegados. Para pensarlo en una metáfora empresarial, un gerente no es un dueño, pero está investido de cierto poder. Y con él, una acotada potestad de acción y decisión. Un Productor, en los medios tradicionales, sigue siendo una figura de central relevancia: es, por dar un ejemplo mundano, quien recibe el premio Óscar a Mejor Película. Es el responsable del éxito o fracaso comercial del producto. Es la cara visible ante el capital, y quien debe arreglar cuentas con los dueños.
El desplazamiento de la figura de Productor al mismo nivel que el de los usuarios genera una doble ganancia para el capital: 1) masifica la producción a niveles impensados y 2) se asegura de una mayor probabilidad de éxito. Uno de los ejemplos más ilustrativos de este cambio es la Industria Editorial. Tomo el ejemplo de Andy Weir, un reconocido novelista de ciencia ficción.
La primera novela de Weir, The Martian, fue autopublicada en el año 2011 en el blog del escritor. Tres años después, y debido a su éxito, una casa editorial compro los derechos de exclusividad del libro para su publicación. Finalmente, una película con Matt Damon como protagonista y dirigida por Ridley Scott fue estrenada en 2015.
En otro momento de la historia, el escritor hubiese mandado su manuscrito incansablemente a diferentes editoriales hasta que, por alguna contingencia, un editor asumiera el riesgo de publicarla. O no. Y, a partir de allí, sería riesgo de la editorial. Hoy, la casa editorial puede darse el lujo de esperar a saber si la novela es exitosa, y recién allí comprar sus derechos para la distribución. Es decir, necesita menos editores capacitados para descubrir nuevas historias, para pulirlas, para editarlas. Solo necesita encontrar, entre la marea de cosas autopublicadas, una que ya sea algo exitosa. Esto no elimina el riesgo, pero sí lo disminuye considerablemente[2].
Masificar la producción convirtiendo a todos los usuarios en productores permite multiplicar exponencialmente la cantidad de productos, cuyos gastos de producción son absorbidos por los mismos “prosumidores”. Y el riesgo de los dueños disminuye, ya que pueden elegir entre una serie de productos que ya tienen una audiencia.
Ahora bien, al fusionarse el binomio Productor-Consumidor no desaparece la línea divisoria. Se desplaza “hacia arriba”: se concentra. Del otro lado de los “prosumidores” están los Dueños de las plataformas. Y es a ese estrato “superior” e invisibilizado al que no cualquiera puede acceder: la ilusión es que todos podemos ser Spielberg, pero nadie más puede ser Bezos, Zuckerberg o Musk.
V
Una digresión breve, antes de seguir: hasta aquí he estado evitando darle un nombre a eso que queda del otro lado de la línea. Los he llamado “dueños”, “capital” o he usado nombres propios de magnates. Pero la figura del “señor”, “dueño” o “magnate” no es la mejor porque la persona está en lugar de la Corporación: Bezos en lugar de Amazon, Zuckerberg en lugar de Meta, etc.
Lo importante no es perderse en el nombre propio[3], sino en la función: la convergencia permite que las Corporaciones delimiten tecnológicamente un espacio para que los espectadores se puedan convertirse en prosumidores. Pero, al mismo tiempo, crea esa otra línea divisoria. La que separa a los prosumidores de los dueños de las tecnologías: quienes pueden operar sobre las reglas del juego. Una especia de meta-productor que no produce contenido, sino que es el encargado de diseñar las interacciones posibles dentro de un campo virtual determinado. Y a ese estrato solo ingresan unos pocos, cuyo saber hacer es específico y su poder está concedido por ser parte de la corporación dueña de esa parcela de territorio virtual.
Plantear un adentro y un afuera en esta topología digital es algo difícil, pero existe en tanto relaciones de poder. Como una cinta de Moebius, son dos caras y la misma, al mismo tiempo: el movimiento que permite que los usuarios sean productores no borra la línea jerárquica, la corre y la invisibiliza. Hay un tercer actor que sostiene y manipula las condiciones materiales de existencia de esta relación usuario/productor: la del productor de la plataforma misma[4].
La idea de McLuhan sigue haciendo eco: diseñar el medio. En este caso, nos ha sido legada (y casi obligada) la tarea de diseñar el contenido. Pero todavía el diseño del “medio” en sí, la plataforma digital, las condiciones materiales que permiten que ciertas acciones sean o no sean posibles, sigue estando negado para los sujetos. Eso es solo potestad de las Corporaciones.
Hoy, ser consumidor pasivo tiene menos importancia y menos valor. Ser productor es generar plusvalor, gratis o por una remuneración precaria, en forma de datos o contenidos, siempre y cuando sea dentro de los límites tecnológicos impuestos.
VI
La pregunta lógica sería: si las plataformas están diseñadas para extraer el plusvalor de sus usuarios, ¿por qué quedarse en ellas?, ¿por qué no crear por fuera?
La respuesta dista de ser lineal. Y parte de la pregunta sobre los efectos de la convergencia en la sociedad actual trata de ser una forma de aproximarse a estos otros interrogantes. Pero en esta ocasión voy a tratar de esbozar una idea: el objetivo de las plataformas es mantener a sus usuarios (prosumidores) activos y alienados. Parafraseando a Benjamin, “El fascismo” –o las Corporaciones, en nuestro caso, “ve su salvación en que las masas lleguen a expresarse (pero, sin que, ni por asomo, hagan valer sus derechos)”.
En algún momento, en los primeros años del siglo XXI, los Zoológicos comenzaron a transformarse en Parque Ecológicos. Desaparecieron los barrotes y cambió la lógica de exhibición. Los animales pasaron del cautiverio a estar “más libres”, dentro del parque. Pero que el espacio estuviera ambientado como si fuera el hábitat del animal y que no hubiese jaulas no significó una liberación. De la misma forma, los magnates se disfrazan de “emprendedores”, se camuflan como prosumidores y ocultan de manera deliberada el límite que nos separa de ellos. La diferencia es que las Corporaciones son las extractoras de plusvalor generado por los usuarios. Y la fantasía de la meritocracia, de que todos podemos ocupar el lugar de los exitosos, es parte de la motivación de quienes crean contenido. Jugar el juego debería permitir la posibilidad de ganar.
Žižek escribe en un ensayo titulado From bad to worse:
Para la mayoría de los críticos de la meritocracia la alternativa es confiar en que la gente, por más manipulada o atravesada por la ideología cotidiana, por más convencida por el fundamentalismo étnico o religioso, se dará cuenta espontáneamente de las justicias e injusticias desplegadas en su mundo social. […] Desafortunadamente, la complejidad de la situación del mundo actual nos obliga a abandonar la fe en que la gente logrará llegar a tal punto de reconocimiento o comprensión. […] Si “la gente que debe actuar” está comprendida por personas que están luchando contra la crisis del costo de vida, bombardeados por información contradictoria respecto del calentamiento global (…) ¿es remotamente realista esperar que esa persona sea capaz de actuar decisivamente en el mundo?.
Aquí es donde creo que la idea del tedio[5] puede ser de ayuda para aproximar una razón de por qué nos quedamos en un espacio que nos explota, sin hacer nada para cambiarlo.
VII
Cada vez más, en el mundo, el capital se concentra y la desigualdad crece. En un tiempo donde el trabajo dejó de ser garantía de sustento mínimo, decidir, tener agencia sobre lo que se hace, pasa a ser un lujo. En este contexto, atravesar la vida cotidiana se convierte en el principal factor de tedio.
Bajo este estado de gran pesar, toda solución rápida, prefabricada y empaquetada es mucho más atractiva que cualquier otra: en lugar de cocinar, pedir comida rápida; en lugar de elegir qué leer o ver, scrollear mecánicamente; en lugar de jugar un juego, ver cómo lo juega otro; etcétera. La sobreestimulación y la velocidad solo nos mantiene reactivos, porque estamos demasiado cansados para brindar una respuesta que no sea pulsional.
A su vez, hay otra fantasía, vieja como el tiempo, que refuerza este modo de consumo: que la máquina, el algoritmo, puede conocernos mejor que nada y va a ofrecernos lo que deseamos.
En otro momento histórico, las discusiones por los derechos de los trabajadores al descanso y al ocio formaron parte de un cambio social importante. La dignidad comprendía un salario acorde que permitiera asegurar el sustento y, además, derecho al descanso y al ocio. Esto funcionaba como corte, una separación, un momento de autonomía. Hoy, la industria del entretenimiento parece estar diseñada no para propiciar un corte sino a nunca satisfacer: siempre hay otro video para ver, otro juego por jugar, otra historia por leer, otro estímulo, con la promesa de que el próximo, el siguiente o el que viene será mejor que el anterior.
Volviendo al ensayo de Žižek, escribe:
La mayoría no quiere realmente una democracia en donde puedan elegir en serio: quieren la apariencia de una democracia donde puedan votar libremente, pero que alguna autoridad mayor en la que confíen les presente opciones y que simultáneamente les indique qué deberían elegir.
Hay algo en ese “aparentar estar haciendo” que da lo tedioso que es, en el fondo, una resignación de agencia.
Mi sensación es que hoy es menos terrible aceptar el tedio que enfrentarse a elegir. La elección requiere un resto que pareciera haberse agotado en el intento de sobrevivir.
VIII
[Punto de suspensión]
Vuelvo a este texto varios meses después. Y al releerlo me doy cuenta de que no sé cómo cerrarlo. Si bien sigo de acuerdo con lo escrito, decido suspenderlo. No tengo nada nuevo que agregar y mucho menos una propuesta de futuro (aunque esté convencido de que existirá).
En su lugar, vuelvo a Briceño, de quien tomé prestado el título. Esta vez a otra de sus canciones:
Tendencia permanente a la tristeza
manando espontánea de la fuente.
Pregunta si es grave,
no, grave no es.Tendencia permanente a la tristeza
un río que, apacible, me atraviesa.
Lo grave es morada de nuestra desesperación
y lo triste se aloja en lo que no es grave.(…)
Tristeza independiente la tendencia
somete sin el uso de violencia.
¿Se puede vivir?
Bueno, sí. Se puede vivir.
Referencias
- Briceño, C. Jugo en Una Cosa Poca (2023)
- Jenkins, H. Convergence Culture (2006)
- Benjamin, W. La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (1936)
- Žižek, S. From bad to worse en Against Progress (2024)
- Briceño, C. Tendencia en Una Cosa Poca (2023)
[1] Como posible futura línea de exploración, quizás el atisbo de una respuesta a la pregunta sobre cuándo se volvió relevante la pregunta por la instanciación medial está en la afirmación de Benjamin sobre el nacimiento de la Fotografía y, por consiguiente, del Cine. La aparición de estas nuevas técnicas cambia los modos de producción principalmente por ser modos de producción que integran en su concepción misma la reproductibilidad.
[2] Por otro lado, este fenómeno alimenta otra doxa: la fantasía meritócrata de que el triunfo es producto del trabajo duro, y que está al alcance de todos por igual. El saldo de esta fantasía es que, si no llegas al triunfo, no estás haciendo lo suficiente o tu trabajo no es lo suficientemente bueno.
[3] Entrar en este terreno es alentar la fantasía que tanto se esmeran en sostener: cualquiera puede llegar a ser Bill Gates, solo hace falta una buena idea y trabajo.
[4] Como adenda, pienso en Alphabet/Google: una de las grandes 5 que no está ligada a un nombre propio como Musk, Bezos o Zuckerberg. Quizás esa sea la meta última: diseñar las condiciones de posibilidad de las relaciones de sus usuarios sin siquiera tener una cara. ¿Quién se hace cargo de esa extracción de plusvalía?
[5] Según la RAE: “Estado de ánimo del que soporta algo o a alguien que no le interesa; Fuerte rechazo o desagrado; Gran pesar.”