I
Dentro de estos “mitos fundacionales” de mi historia musical, no puedo eludir mis primeros recuerdos del rock nacional. Pero antes, una aclaración: mi relación con la música nacional es compleja. El principal motor de mi interés fue, por mucho tiempo, el rock en inglés. Recién en mi paso por la facultad me interesé por diferentes etapas y artistas con minuciosidad. En especial, de lo que sucedía en el país y en la provincia, como contemporáneo y como par.
Más allá de eso, mis recuerdos de niño están acompañados de canciones y discos nacionales muy particulares: La Biblia, de Vox Dei; Alta Suciedad, de Andrés Calamaro; Circo Beat y Abre, de Fito Paez, y Bandidos Rurales, de León Gieco.
Mientras armo la lista, se me ocurre que quizás, con algunas excepciones, siempre escuché lo nacional como contemporáneo: Circo Beat, 1994; Alta Suciedad ,1997; Abre, 1999; Bandidos Rurales, 2001.
II
De nuevo, la navidad.
Esta selección está ligada a un objeto particular: una Playstation One que mi abuela y mis viejos nos regalaron a principios de los 2000. También ligada, por supuesto, a mi casa de la infancia. En particular, al living, a la habitación de mis hermanos y a la mía.
El recuerdo más vívido es el de escuchar, sin parar, Alta suciedad, mientras jugábamos un juego de autos que debían destruirse, llamado Vigilante 8. También vienen a la memoria otros juegos que jugábamos junto a mis hermanos y a nuestros amigos del barrio, como el Twisted Metal o, incluso, Micromachines. A veces, más de seis personas apiñadas contra un televisor de tubo de veintipocas pulgadas discutiendo cómo resolver algún nivel complejo de algún juego narrativo como el Final Fantasy VIII.
Volver, hoy, al disco de Calamaro es una experiencia particular. La canción “Alta suciedad” es casi indisociable del recuerdo. El riff, altamente distorsionado, no deja de ser reminiscente de un rock and roll inocente, algo naive. Los arreglos de vientos refuerzan esa idea. Y el solo de guitarra acarrea todos los clichés.
La letra resalta, para mí, el estereotipo de la portada: cómo debía verse un rockero a mediados de los noventa, al menos para los ojos del niño que la tenía entre manos. Mención aparte: los dobles sentidos, las rimas, los chistes y la forma en que cada palabra se encadena a la siguiente con la sutileza de quien le dedica tiempo a eso encontraron un lugar en mi memoria, de forma tal que, más de 20 años después, todavía recuerdo grandes porciones de todas las canciones del disco.
Calamaro es un tema delicado: de quemar este disco en mi memoria al punto de que no puedo separar escenas de juegos a frases suyas, pasé a despreciarlo durante mi adolescencia como parte de todo lo que estaba mal en la música. Hoy, gracias a una amistad particular que me hizo encontrar sutilezas que, ofuscadas por mi enojo, había pasado por alto, lo miro con otros ojos. Y, por supuesto, conocer al personaje público y sus andanzas también jugó un rol en el ablandamiento de mi posición (en particular, su encono por Queen, que comparto completamente).
El disco sigue adelante mientras tecleo. Está lleno de hits. Y de referencias a la música norteamericana que, estoy seguro, son las grandes razones de por qué debe haberme gustado tanto este disco. Como en muchos otros casos, el sonido de los sesionistas, los estudios y los productores estadounidenses dejaron su marca en nuestra historia nacional. Otro cliché noventa.
Nota aparte, hay una anécdota más que me une a Calamaro, y me animo a decir, para ambos, un acontecimiento. El primer recital al que fui sin mis viejos fue la presentación de La argentinidad al palo, de la Bersuit Vergarabat, a principios de los 2000. El principal motor fue mi hermano, y nuestros acompañantes, mis tíos. Que, sacando cuentas rápidas, deben haber tenido, años más, años menos, la misma edad que yo, hoy.
En ese recital, que recuerdo con gran detalle por ser, además, un evento masivo para mis diez años, Calamaro reapareció en los escenarios luego de un largo silencio. Hasta hoy viví con la idea de que Calamaro había pasado un tiempo desintoxicándose y esa gira con la Bersuit era su regreso, limpio, a su antigua vida. Nunca lo cercioré, pero, pensandoló bien, una gira con la Bersuit a principios de los 2000, quizás, era una forma de reintoxicarse.
Sobre La Bersuit me gustaría volver más adelante. Ahora, solo una mención de honor: así como recuerdo con gran alegría la canción de Vinicius y Toquinho, “El gordo motoneta” me causaba una euforía similar. Y todavía lo hace.
III
Junto a Calamaro, La Biblia de Vox Dei.
En casa, nos criaron laicos. A esa edad, cerca de los 12, la mayoría de mis amigos de la escuela y, principalmente, del barrio, nos invitaban a sus Comuniones. Un rito, para mí, totalmente ajeno. Tengo el recuerdo de ver las fotos de mis amigos vestidos de blanco en los muebles de los livings de sus casas. Pero, el principal motivo de interés era que, por hacer ese rito extraño, recibían regalos. En particular, plata. La codicia, de todos modos, no llegó a moverme demasiado. No tengo el recuerdo de haber ido a alguna, a pesar de las invitaciones.
Lo que no lograron las invitaciones al rito cristiano, sí lo logró el disco de Vox Dei. En particular, profundizó mi temprano interés por las historias bíblicas y alimentó mi incipiente interés por el Imperio Romano y las civilizaciones antiguas. Recuerdo preguntarle a mis padres con curiosidad por las historias que contaban las letras, luego de leerlas desde el librito del CD, gastado de tanto manoseo. Quizás, por primera vez y sin mucha consciencia, estaba experimentado la función de las letras en una canción: no solo rimar y sonar bien, sino invitarte a un mundo. Y en términos musicales, tanto Alta suciedad como La Blblia eran un punto de entrada a la distorsión y un rock algo más agresivo que el rock and roll de los primeros Beatles.
A diferencia del disco de Calamaro, La Biblia me es más familiar: por un lado, debo haberlo escuchado más o más atentamente. Por otro lado, puedo escucharlo de forma algo más independiente, es decir, no está tan ligado a recuerdos concretos. Lo que me permite concentrarme más en la música y menos en lo anecdótico.
Hay algo en las mezclas de los setenta, menos graves, con las baterías más pastosas y armonías de voces en todos los versos que hacen que baje la guardia rápidamente. Y volver a Vox Dei me permite agrupar toda otra gran lista de bandas que descubriría luego: desde Led Zeppelin, Deep Purple o Cream a Manal, Pescado Rabioso o Crosby, Stills and Nash. Y, por supuesto, el espíritu de Hendrix, que sobrevuela cada solo. Estoy seguro que este disco depositó la semilla que, durante mi adolescencia, se nutriría del rock psicodélico inglés.
Más allá de mis preferencias, luego de “Libros Sapienciales”, el disco me lleva a un fangal difícil de navegar. Muchas veces, los discos más influyentes no son los más parejos. Al reescucharlo, todavía encuentro grandes momentos encerrados entre zapadas. Pero también recuerdo por qué dejé de escucharlo.
IV
Volver a León Gieco me cuesta. Aunque sería poco honesto de mi parte esconderlo bajo la alfombra. En mi infancia, Orozco y Bandidos Rurales eran parte de la banda sonora diaria. Con el pasar de los años, quedó totalmente enterrado. De hecho, no tengo noción real de cuándo fue la última vez que escuché alguna de sus canciones. Gieco es uno de los casos donde el personaje me cae tan pesado que tiñe su música.
Fuera de eso, León Gieco es el artista al que recuerdo como mi primer recital. Dudo que sea así, pero tengo la idea de que alguna vez fuimos a algún festival de verano donde el número de cierre era él. Recuerdo la canasta de mimbre donde llevamos los sanguchitos de jamón y queso. Y de revolcarme por el pasto.
Al volver a escuchar Bandidos Rurales me doy cuenta de que lo único que recuerdo es la canción homónima y su portada. Del resto del disco, nada. Con Orozco el caso es similar. Solo dos canciones me suenan familiares: “Ojo con los Orozco” y “El imbécil”. Mención aparte para “El embudo”, que, como un amigo me hizo notar, la letra roza lo delirante. Y, al menos para mí, es el efecto contrario al que probablemente se buscaba el que me mantiene atento.
El único recuerdo que no me falla, esta vez, es “La mamá de Jimmy”. Otro de esos rocanroles alegres que elegía repetir hasta el hartazgo. Quizás es que el ego de Gieco está oculto bajo los de Porchetto, Nito y Charly.
V
Seguramente volveré con más detalle sobre Fito. Pero, a aquellas alturas de mi vida, Circo Beat era una extensión del sonido de los Beatles. Y Abre, una invitación a la lectura.
Escuchar Circo Beat no me trae tantos recuerdos como quisiera. Sí, satisfacción. La única imagen que puedo evocar es la de un niño hipnotizado por la tapa de un disco marrón, psicodélico y extraño. En cambio, Abre es un disco que tengo mucho más presente. Debe ser, de toda la discografía de Fito, el que más he escuchado. O, al menos, su primer tercio.
La seguidilla “Abre”, “Al lado del camino”, “Dos en la ciudad” y “Es solo una cuestión de actitud” debe tener pocos rivales en la arena de las letras. La imagen es más la de la lectura que la de la escucha: la caja del CD, verdosa, abierta sobre las piernas, con el librito en las manos, leyendo detenidamente. Tratando de entender un texto que me quedaba grande, pero que algo me daba a cambio:
“Abre hacer e imaginar”.
“Al lado del camino” sigue siendo una canción que no puedo ignorar, que me obliga a prestarle toda mi atención, como una película que he visto miles de veces y elijo volver a ver. Además, hay algo del ejercicio de memoria que ofrece un paralelismo a esto que estoy haciendo acá. “Dos en la ciudad” podría ser una historia de cualquiera de aquellos autores norteamericanos que tanto me gustarían, algunos años más adelante. Además, los arreglos de vientos de Fito son difíciles de encontrar en otro artista nacional.
Por supuesto, “Es solo una cuestión de actitud” era mi canción favorita. El patrón es claro: es la más rocanrolera.