I
En una escena de “That thing you do”, la primera película escrita y dirigida por Tom Hanks, un grupo de jovenes músicos escucha por primera vez su canción por la radio local. Faye (Liv Tyler) corre entusiasmada a contarles a sus amigos que su canción está sonando. Exaltados, y ya en el local de electrodomésticos de Guy, prenden cuanta radio pueden para escucharse. Si bien pensar en los Beatles me trae anécdotas de momentos muy distintos a lo largo de mi vida, esta escena es lo más lejano en el tiempo que asocio con ellos: una versión libre su historia, enlazada con la mía.
En mi casa, al menos en mi recuerdo, nunca se escuchó radio. Siempre hubo música. Mucha música. Pero radio, poca. La primera vez que dimensioné lo que era un radioescucha fue gracias a un amigo de mi hermano y mío. Él tenía el hábito de dormir con la radio prendida. Vivía lejos y, cuando nos quedábamos a dormir en su casa, la radio sonaba toda la noche. Recuerdo un programa que acompañaba, probablemente, a taxistas y choferes.
La radio fue, entonces, para mí, una afición lejana. Lejana en el tiempo y en la experiencia. Pero, en algún momento apareció la idea de tener un programa, preparar un formato y hablar de música. Y no se ha ido del todo.
Hoy, a falta de radio, escribo.
II
Desde hace algunos días estoy tratando de responderme cuál fue el primer disco que recuerdo escuchar con intención, con deseo propio. En general, los recuerdos que puedo ordenar en el tiempo se agolpan alrededor de mis 12 años. Más atrás, todo forma parte de una especie de rumor prehistorico. Por ejemplo, escuchar junto a mi papá, sin parar, en el Duna azul, “A tonga da mironga do Kabulete”, sin entender una palabra, pero afectado por la picardía que podía intuir en las voces de Toquinho y Vinicius. Pero, como cualquier comienzo iba a ser, en alguna medida, una fabulación, decidí hacer lo que siento más coherente: elegí una serie de anécdotas fundacionales. Esta historia comienza con Please, please me, alrededor del año 97.
Arbitrariedades aparte, mi viejo es un fanático de los Beatles. En especial, de McCartney. Y la discoteca de mi infancia era, en su grandísima mayoría, suya. Tengo el recuerdo de tener en las manos un CD de tapa azul con un submarino amarillo en la portada del folleto que me invitaba a ojearlo, de escucharlos en las navidades o cumpleaños o que simplemente estén de fondo mientras jugaba en algún rincón de la casa.
Un verano me obsesioné por la historia de los Beatles. En ese entonces, tenía miedo de nadar en la parte profunda de la pileta del club y mi diversión era que mi viejo me llevara en brazos a dar vueltas por el agua. Era una especie de paseo por la vida de los adultos. Y en esas vueltas, todas mis preguntas sobre la historia de los Beatles eras contestadas: sus inicios, su paso por Alemania, Pete Best, Ringo, las películas, sus giras por EEUU, la India, etcétera.
A esa anécdota se suma otra, también arraigada a lo espacial. Mis abuelos tenían una casa en la montaña donde, a veces, pasábamos nuestras vacaciones de invierno. Como atardecía temprano y había temperaturas bajo cero, solíamos jugar a las cartas, juegos de mesa o ver televisión de aire. En esas vacaciones apareció otro elemento en el repertorio de diversiones: una notebook. Debe haber sido la primera notebook que ví en mi vida. Una caja gris oscura, tosca pero fascinante. Y la imagen de las letras verdes neón del Winamp v1 que se extendían en una lista casi interminable de canciones: la discografía completa de los Beatles, en mp3.
III
Casi treinta años después de esas vacaciones, vuelvo a escuchar Please, please me. Busco el disco en una plataforma y al ver la tapa me doy cuenta de que he escuchado la primera etapa de los Beatles casi exclusivamente desde los Anthologies.
I saw her standing there comienza y sonrío: hay algo en el rock and roll puro y duro que me atrapa desde que chico. Las guitarras electricas, los solos, los aplausos, los gritos. Energía y buena onda. Hasta naive. Sin darme cuenta, Misery me desconcierta. No la recordaba. Puedo imaginarme saltando estas canciones para elegir más rock and roll.
Luego les encontraría el gusto a las baladas, pero en ese momento, rock and roll.
Cuando comienza Anna (go to him) dejo de pensar en el pasado. Otra canción que no recordaba en absoluto. Quedo atrapado. De hecho, agarro una de mis guitarras y saco el riff, encuentro los acordes. Me divierto.
Este es, quizás, el momento de dejar en claro que Harrison es mi Beatle favorito. Y, aunque parezca apresurado, fue una decisión que tomé de chico. Un par de años después, pero no tantos, mi viejo me ayudó a armar mi primer compilado, que titulamos: “Harrison during the Beatles“. Hicimos una portada, un collage torpe con todas las portadas de los discos de los Beatles y la imprimimos. Lo grabamos en un cd virgen naranja y escribí el titulo con una microfibra negra y letra temblorosa. Durante mucho tiempo, fue mi disco de cabecera. Todas las canciones compuestas por Harrison, desde Don’t bother me hasta For you blue. Aunque no es esa la primera asociación que hago al escucharlo cantar Chains.
Mi memoria me arroja otra imagen más acorde al un recuerdo de un niño: la canción de una escena de la película “Extremadamente Goofy”. Tardo un rato en encontrarla. Goofy está en la universidad, junto a su hijo, y están rindiendo sus examenes. La canción que suena es C’mon get happy!, canción de los títulos de la sitcom The Partridge Family. Un poco obligado por mi asociación encuentro algo común en la melodía, en las armonías vocales, en el ambiente general.
Boys me devuelve a ese rock and roll más inocente, pero la voz de Ringo me deja, siempre, cierta melancolía: es la sonrisa de alguien que trata de alegrar una situación que sabe que no puede arreglarse. Y, por supuesto, no podría explicar mi fanatismo por Harrison sin Ringo: en mi imaginación, la canción Photograph no trata de un amor perdido, es un símbolo de su amistad.
IV
Dos recuerdos compiten: las navidades en mi casa de la infancia y el recuerdo de mi primer instrumento.
Please Please me, Love me do y There’s a place son, por una razón que me escapa, símbolo de navidad. Volveré a esto, sin duda, porque los discos navideños, al día de hoy, me generan una fascinación extraña. También me elude el recuerdo de la navidad en que pedí una armónica como regalo. Pero sí tengo la imagen de abrir el papel de regalo y ver un pequeño estuche de plástico color crema, una etiqueta negra con letras doradas y brillantes, y, dentro, una armónica de blues negra abrazada por un paño de gamuza. Nunca aprendí a tocarla demasiado bien, y, desde la mudanza de mi casa de la infancia, le perdí el rastro. Tengo la esperanza de encontrarla, perdida en alguna caja. Lo que sí recuerdo nítidamente es que la armónica tenía otras referencias, y no los Beatles: León Gieco y, por lo tanto, Bob Dylan.
Al volver a escuchar Please Please me, mientras reviso el texto, Do you want to know a secret resume, de la mejor manera, lo que creo, me atrajo a los Beatles: guitarras filosas, un bajo inquieto, una batería directa y juegos de voces que parecen divertirse, aunque se lamenten.